LA MOCHILA

Sacudo las cenizas que me dejó el tipo en el sobretodo. La oscuridad resalta el color de la colilla consumiéndose en la vereda, mientras las explicaciones que me dio zumban en mi cabeza.

Levanto la vista. El tipo ya no está, solo veo el portón del cementerio. El fastidio que me genera el impacto de su cigarrillo raya con lo infantil. ¿Por qué me preocupa que me haya quemado si lo importante es que tienen secuestrada a mi hija? Después de verla en la foto, maniatada, no me quedan dudas. El tipo me dio un Movicom y la mochila. No la sacudas mucho, me advirtió todavía con el pucho en la boca. Puede estallar.

El taxi frena detrás mío y un escalofrío me recorre la columna. El tipo dijo que vendría un taxi y vino. Sin embargo, no me muevo, es como si mis ideas asumieran la situación pero mi voluntad no. Me digo: no es joda, Rubén, está todo planeado. Vas a tener que cumplir. Vuelvo a mirar el portón y sus anchos barrotes. ¿Se habrá ido por ahí el tipo? ¿Habrá trepado?

Suba, me dice el chofer y yo, además de impotente, empiezo a sentirme el infeliz de la historia. Y así actúo. Subo calladito. Tienen a mi nena y es como si me tuvieran agarrado de las bolas. Ni hablar de la mochila, puede matarme y ni siquiera sé qué tiene dentro.

Dejalo manejar hasta que yo te llame, me ordenó el tipo. Y acá estoy yo, dejándome llevar sin entender nada. Agradecele a Noelia cuando la veas, me tiró junto con el pucho. Nada tiene sentido, ¿de quién hablaba? No terminé de decirle ¡pará! y ya había desaparecido, sin darme tiempo a preguntar por la tal Noelia o pedirle que repitiera las instrucciones.

Avanzamos por Lacroze. El tachero debe tener la orden de esperar a que yo le diga a dónde ir. Aunque capaz ya sabe y está enfilando para el destino, dobló muy convencido. Lo espio por el espejo retrovisor. Me pregunto si él estará involucrado o si el tipo, simplemente, le está pagando por el viaje.

¿Quiere un cigarrillo?, me pregunta.

No fumo, le digo, aunque me vendría bien una pitada o un trago, cualquier cosa. Vos también me la vas a pagar, pienso. Pero sé que no voy a hacer nada. Soy apenas un infeliz de esos que vuelven de trabajar a las once de la noche, los paran en la calle y terminan en un quilombo. Todo por culpa de la tal Noelia, quién lo iba a pensar. Qué cagada, loco. ¿Cómo no voy a estar asustado?

Suena el Movicom. Ahora me van a decir adónde vamos y, al llegar, voy a tener que entregar la mochila. Ponete contento, para vos esto se termina rápido, dijo el tipo. Espero que no me tiemblen las manos.

Autor: Ezequiel Bottaro. Todos los derechos reservados. about.me/zekuezebottaro

 

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